Es la historia real de un niñito del campo, víctima de violencia familiar, que llevó a cabo unos de los actos más valientes de la historia del Uruguay.
Dicen que en las grandes hazañas y gestas heroicas, quien es recordado con cariño para la posteridad no es quien peleó en la guerra, quien salió a luchar, quien realizó gestos de "valentía", sino aquél, que sólo supo realizar obras de amor.
Esta es una historia real, rescatada de la tradición oral de mi país, la cual es contada, año a año por las maestras en todas las escuelas, desde la más pobre a la más pudiente. Rescata valores humanos que nunca deberíamos olvidar: la fraternidad, el amor, la no-violencia, la humildad, y por sobre todas las cosas, la entrega.
Corría el mes de Mayo de 1929, en un recóndito paraje perdido a la buena de Dios, con tan sólo cuatro ranchitos pobres. En uno de ellos vivía María Díaz, madre soltera como muchas en el campo, que a fuerza de empeño sacaba a sus dos hijitos adelante: Dionisio de 9 años y Marina de pocos meses. Quiso el destino que se enamorara de un hombre que a su padre no le caía bien, y, aunque la historia es un poco difusa en esta parte, no es lo importante. Don Juan Díaz, una noche, tal vez borracho, cegado por la ira, o algún motivo oculto, enfrenta a su hija María por dicha relación. La discusión se tornó encarnizada, y el gaucho hiere de muerte con un gran cuchillo a su hija, no sin antes herir en el vientre a su propio nieto quien se paró adelante de su madre.
Corrió el pequeño Dionisio a esconderse de la ira de su abuelo, a proteger y esconder a su hermanita, con el vientre atravesado, y sus entrañas, y su vida, escapándose por la herida. Dionisio, al comprobar que su madre ha muerto, finalmente huye de la casa, con un solo objetivo: llegar al pueblo más cercano, a más de cuatro quilómetros de su hogar. Eran más de las nueve de la noche, cuando, notando que su intestino se estaba saliendo por la herida abierta, se ata una vieja camisa rasgada para aguantar las entrañas.
Con su hermanita de meses, en brazos, descalzo, sin más abrigo que una camisa y un pantaloncito viejo, camina, despacio, sin parar, por entre cañadas, alambrados, campo abierto, pastizales... No ceja en su empeño de llegar al pueblo, tan lejano, para que cuiden a su hermana, para protegerla. Finalmente, a la mañana, llega al pequeño pueblo.
Lo vieron llegar, con su paso cansino, llevando en sus brazos el tesoro del amor. Se desploma ante la primer casa que encuentra, no sin antes llamar a la puerta: "Por favor, cuiden a mi hermana. Yo me estoy muriendo".
Aún consciente de su fatal destino, sabe que no ha terminado su travesía. Sigue, casi arrastrándose, hasta la comisaría del pueblo, donde da parte de lo acontecido en su hogar. Poco después, recibe una precaria atención médica, pero, cuando llega la diligencia, esa tarde, deciden llevarlo al hospital de la ciudad.
Dionisio nunca llegó vivo a dicho hospital, murió en el camino, de una infección. Quiero pensar que su amor fue tan inmenso, que no le dolía su pequeño cuerpecito. Quiero pensar que era tan simple su amor que nunca pensó en estar haciendo algo grandioso, sino lo que había que hacer.
Para aquellos que quieran saber más de esta historia, en la ciudad de Treinta y Tres (a la que nunca llegó) en Uruguay, hay una estatua en su memoria, y un busto en su tumba en el cementerio local.
Ambas están siempre llenas de flores y agradecimientos, de personas que vienen a pedirle un milagro.
No puedo dejar de compartir esta historia tan de mi país, con los internautas del mundo y compartir los valores que posee, sin que se me enternezca el corazón y se me escape una lágrima.