Era ya tarde en la noche cuando Adela comenzo a escribir. Escribió de un tirón, con furia y sin parar hasta entrada la madrugada.
Escribía al principio acerca de sus historias de niña, árboles , animales, el bosque. Luego incorporó a su peregrina historia la lluvia, el frío, una piedra negra…
Mas tarde, a estas divagaciones sin sentido le siguieron lagrimas , derramadas primero gota a gota, luego en silenciosa cascada sobre el papel mientras escribía, mas bien garabateaba un suceso acaecido poco tiempo atras y para lo cual todo lo anterior no habia sido más que una excusa, una introducción sólo necesaria para su alma que no encontraba la forma de comenzar a desahogar su inquietud
Adela tenía trece años
Asistía a la escuela intermedia, no era tonta, pero muy frecuentemente era calificada de distraída. Solía sorprender tanto a sus maestros como a sus poco discretos compañeros de clase que murmuraban por lo bajo cada vez que la maestra la llamaba a la pizarra.
Sorprendia cuando, sin parecer que prestaba demasiada atención, sacaba las conclusiones mas acertadas de las explicaciones que la fastidiada y acalorada maestra de Historia trataba de hacer entender al grupo de estudiantes, comentadores, hormonas al galope que la observaban con indiferencia perruna.
Entonces Adela hablaba, y toda la clase se callaba de golpe.. Su voz era profunda, inquietante, y se expresaba con una precisión demasiado extraña para su edad, y aparente distracción juvenil.
La maestra entonces la miraba sobre sus lentillas rojas, entre extrañada y sorprendida de que alguien en aquella aula casi en ebullicion por el sol del trópico a las 11:45 de la mañana, le estuviera prestando atención en realidad..
Mas tarde agradecida, de saber que no clamaba, Bueno, casi, no clamaba en el desierto…
Pero luego … razonaba sintiendo una especie de escalofrío, este argumento es demasiado lógico, demasiado articulado para una mente tan tierna…
Debe ser el calor…ya casi es hora del recreo.
Y pasemos a otro tema, jóvenes por favor… dando las gracias abruptamente a la jovencita que la miraba como sorprendida por su interrupción nada magisterial.
Fue entonces cuando Adela, acercándose de vuelta al descascarado pupitre con pasos apresurados, al tomar aliento percibió un olor seco, rústico, familiar, estremecedor por lo inesperado, y preocupante por lo fuera de contexto que se encontraba…