Cierto día en el mes de julio de 2003 se estaba programando una serie de eventos en la Armada del Ecuador por conmemorarse un aniversario más de su día clásico, entre las cuales estaban las Olimpíadas Navales, cuya inauguración se realizaría en el Complejo de Piscinas Jambelí de la base naval Norte.
Todo estaba muy bien: la organización, las prácticas previas al evento. Se había esmerado el personal en presentar bien el escenario para este acto y dar una buena imagen a las autoridades y público en general, donde se presentaban las delegaciones que, con sus diferentes distintivos y madrinas y los colores de sus equipos en hermosos desfiles, y a mí me habían designado llevar la Tea Olímpica porque dentro de mi currículo yo he sido campeón de triatlón, de kayak y atleta.
Entonces estaba listo con cuatro marineros de escolta, el maestro de ceremonias dice: "Bueno, en este momento hace el ingreso la Tea Olímpica, cuyo portador es el sargento César Delgado, quien ha sido Campeón…". En fin, todo eso, y acto seguido procedimos a hacer la entrada delante de la tribuna de honor, al trote con la tea encendida y al compás de las notas de la Banda Blanca de La Armada: t ata t ata t ata ata ata ata at ta tata ta...
El pebetero estaba ubicado en la parte más alta de la plataforma de saltos ornamentales a diez metros de altura, y comenzamos a subir las escaleras de caracol, la banda de músicos seguía tocando, había espacios en la escalera que no eran vistos por el público. En una de esas, ¡zas! Se apaga la tea. Me detuve, la banda seguía t ata t ata ta ta at… Y yo que no salía.
¿Y ahora? Dije: "A ver, marinero, pasa los fósforos". "Este... mi sub, no hay fósforos, se me quedaron allá". "Ve este pendejo marinero, muergano. ¿Cómo vas a haber dejado los fósforos? ¡Anda a buscarlos!".
Y el marinero sale corriendo escaleras abajo y la banda seguía tocando frenéticamente, y la gente aplaudiendo al marinero que iba de regreso a buscar los fósforos. Al regreso del marinero con los fósforos la banda seguía tocando ya casi quince minutos, y la gente riéndose a más no poder.
Finalmente llegó el marinero, prendimos la tea e hice la salida triunfal en la plataforma de diez metros para encender el pebetero de las Olimpíadas Navales 2003 casi a los veinte minutos.
Qué cosa más sui generis, pues causó mucha risa esta anécdota que la comparto con afecto para los compañeros de la Banda Blanca de la Armada que tocaron el acompañamiento para encender la tea más larga de sus vidas.
Espero que este libro haya llegado a vuestro corazón, porque lo escribí con mucho cariño.